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Resistir o fluir

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La belleza del movimiento impredecible de la vida ….

Maravilloso observar imágenes de la Tierra rotando desde el espacio. Hipnótico observar un volcán en erupción. Qué energía cuando las olas rompen embravecidas contra la costa…

Y qué hermoso observar todo esto cómodamente sentado en mi sofá, creyéndome ajeno a ese movimiento.

Si, todo se mueve pero yo ¡Dios mio que me quede como estoy!. 
Pues claro, me han enseñado desde que nací a esforzarme para conseguir algo que me dé seguridad y estabilidad y luego a defenderlo con uñas y dientes, para que permanezca como a mi me gusta y el tiempo que yo quiera.

Disculpa que me ria pero, ¡que gran generador de sufrimiento!.
Vives en un planeta, en una galaxia, en un universo en constante movimiento ¿y pretendes que tu vida no cambie?.
Cuando vives resistiéndote al movimiento y al cambio e intentando que todo permanezca como tu quieres, toda tu energía vital y tu tiempo se te van en ese empeño, agotas tu cuerpo y tu mente para nada.

La estabilidad y la seguridad vistas como estados en los que todo permanece siempre igual, son fantasías de tu mente consciente.
La mente no puede percibir la maravillosa armonía que existe en el universo, tan solo imaginarla con limitados recursos.
Lo que sí puede entender es un ejemplo sencillo:
Este universo se mueve, se transforma y evoluciona constantemente igual que tu, quieras o no ya que formas parte de él.

Puedes intentar en vano resistirte al empuje de la ola o fluir con ella, surfear tu vida y acompasarte con su movimiento, marca la diferencia de como llegas a la orilla.
Pues a la orilla todos llegamos… Unos riendo y otros sufriendo.

Gemma Pitarch

Camino de vida

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Hemos nacido y sido educados en un contexto social que procura que todo sea fácil y cómodo.  A nuestro personaje (Personalidad, ego), le encanta esta sensación de moverse dentro de parámetros pre-establecidos, donde todo es previsible, y hasta lo imprevisto tiene ya una solución prevista por alguien, la “zona de confort”.

A nuestro cerebro humano, no le gustan los cambios que implican salir de lo conocido y dispara toda una batería de miedos para disuadirte del intento. Es por esto que la mayoría de las personas pasan su vida deseando alcanzar un objetivo de estabilidad y la otra mitad luchando para no perderlo.

Nuestro cerebro genera la ilusión de estabilidad y permanencia que nada tiene que ver con el universo cambiante en el que existimos.

Además nuestro cerebro es especialista en el autoengaño, de manera que hasta cuando aparentemente nos salimos de los patrones pre-establecidos y emprendemos el camino de la espiritualidad o el desarrollo personal, seguimos sujetos a sus leyes del miedo a lo desconocido sin percibirlo.

En el mundo de la conciencia hay una tendencia bastante extendida a creer que cuando vamos bien es cuando todo fluye, cuando todo se hace fácil.

Nos volvemos expertos en interpretar señales del universo, que nos indiquen cuál es la dirección.

De manera que cuando al iniciar un nuevo camino encontramos impedimentos, pensamos que la vida nos está dando un aviso de “ por ahí no”.

Yo he escuchado muchas veces esa frase: “creo que la vida me está diciendo que ese no es mi camino, ( mi trabajo, mi pareja, mi decisión de cambio…) porque todo me sale mal”.

De esta manera hemos caído de nuevo en la trampa del miedo, disfrazado esta vez de espiritualidad.

¡La vida, el universo, Dios o como lo quieras llamar, no tiene ninguna intención personal de llevarte por una senda concreta!

El universo es impersonal, sólo manifestación y existencia en todas sus posibilidades.

Y tú también estás aquí para manifestarte, experienciarte y existir en todas tus potencialidades.

Eres tú todo el tiempo, expresándote desde el ser creador que eres, el que generas esa realidad que estás viviendo, con sus impedimentos y dificultades.

Esos impedimentos hablan única y exclusivamente de tus miedos no asumidos y reconocidos, proyectados y manifestados por tu parte creadora en lo externo, para que los puedas ver y asumir.

Por lo que sólo el juicio o la etiqueta de malo o bueno, que tu personalidad pone a lo que sucede o la resistencia que tiene a aceptarlo, es la que genera el sufrimiento que sientes.

El miedo nos hace seguir caminos ya recorridos por otros, seguir ejemplos de personas que ya han logrado lo que pretendemos, copiar, imitar… En definitiva, el miedo nos convierte en un sucedáneo, en una caricatura de otro al que le hemos otorgado el poder de la verdad, del éxito o del camino correcto.

¡Las dificultades que encuentras son tu mejor maestro! Te están hablando continuamente de tus miedos y de todas las emociones que no has querido sentir y que has escondido a lo largo de tu vida.

Todo lo no resuelto, tu ser esencial te lo pone delante una y otra vez con todo el amor del mundo para que lo mires.

 Pero al seguir escondiéndolo, al seguirte negando a mirar de frente lo que te duele, perpetuas tu propio sufrimiento.

Sí, tú lo generas resistiéndote y mirando hacia otro lado.

Tienes a tu disposición en todo momento al mejor maestro que jamás encontrarás, tu propia vida.

A través de tus dificultades puedes ir desmontando todo tu personaje con sus apegos, miedos, creencias y necesidades, para así descubrir quién tú verdaderamente eres. Tu YO SOY en lo interno.

¿Quieres saber cuál es tu camino? Sí, el que te dé más miedo.

Sentir el miedo

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Todos los seres humanos tenemos miedos. El miedo siempre está detrás, sea evidente o no, de cualquier emoción que seamos capaces de sentir.

Si no existiera el miedo o si fuéramos capaces de no dejarnos influenciar por él, sentiríamos amor incondicional en cualquier situación.

Los maestros de la historia decían que el amor solo se puede experimentar ante una ausencia total de miedo.

Es por eso que al humano le cuesta tanto experimentar el amor incondicional.

El miedo es característica humana, el amor característica divina y ¡somos ambas cosas!

El miedo nos ha permitido sobrevivir en el mundo biológico, el miedo a lo desconocido es arcaico y nos ha capacitado para evitar potenciales peligros e ir con cautela en entornos hostiles. Hoy en día nuestro cerebro evolucionado aporta infinidad de matices a este miedo heredado de nuestros ancestros animales.

Lo vemos reflejado en el rechazo a cualquier cosa que no conocemos, una idea distinta a la nuestra, otra cultura, otra religión, otra raza, …… , pero también en muchos otros aspectos, de modo que todo lo que llamamos “emociones ” esconden un miedo.

Los celos son miedo a perder, la ira miedo a no tener razón, la envidia miedo a no ser lo suficientemente bueno o a no tener lo suficiente, la impotencia miedo a no ser capaz de…

Hasta cuando nos enamoramos hay miedo al rechazo o la perdida y no somos capaces de mostrarnos como somos.

Entonces si el miedo forma parte de todos los aspectos de ti como Humano, mientras estés en este planeta dentro de un cuerpo físico, deja de huir de él y de negarlo, es parte de ti. Tienes brazos, piernas, ojos, piel….. y miedo.

Nos pasamos la vida buscando sentir ese amor incondicional que nos han contado se puede sentir y que te fusiona con la totalidad de lo que somos, pero equivocamos la búsqueda.

Creemos que ese amor hay que buscarlo persiguiendo las emociones de bienestar, la luz, la conexión con el sol, la tierra, las estrellas… Pero así nunca lo encontramos porque le damos la espalda a nuestro miedo. Rechazamos una parte de nosotros mientras pretendemos encontrar el amor incondicional, esto es si mismo es una incoherencia.

Si el amor incondicional solo se da en ausencia o aceptación total del miedo, en esta experiencia humana va a ser francamente difícil sentirlo…

A no ser que en un arranque de autentica coherencia, te dejes sentir ese miedo de igual forma que te permites sentir el placer. Tal vez así, experimentando, aceptando e integrando tu miedo en tu experiencia de vida, puedas sentir el infinito AMOR hacia ti mismo que hay implícito en ese acto.

Gemma Pitarch

El niño interior

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Seguro que alguna vez has visto a un niño, pequeñito darse un golpe con algún objeto y romper a llorar diciendo: ¡la mesa me ha pegado! o ¡la silla me ha hecho pupa!.

Es una anécdota graciosa que todos los niños hacen en algún momento de sus vidas.

Luego cuando son algo mayores, saben que la mesa no les pega pero igualmente la culpa de lo que les pasa siempre es de otro niño, el profesor, o cualquier otra circunstancia externa a ellos.

Los niños no tienen recursos propios para gestionar lo que les pasa y necesitan de los adultos para solucionar sus problemas.

La diferencia entre un adulto y un niño es que el adulto se hace responsable de su vida mientras que el niño no puede.

De echo cuando por circunstancias sociales un niño se ve obligado a salir adelante solo, lo que hace es sobrevivir, no vivir.

Cualquier carencia afectiva o situación traumática vivida durante la infancia, ocasiona que una parte de nosotros se quede como congelada en el tiempo.

Nuestro cuerpo sigue creciendo, pero nuestra evolución emocional o psíquica se para en ese momento de carencia o drama para siempre.

Casi todos nosotros somos niños heridos, habitando dentro del cuerpo de un adulto.

A esto hay que añadirle que desde hace mucho tiempo, la educación social que recibimos está específicamente diseñada para generar seres dependientes.

La autosuficiencia no interesa, no es lucrativa ni facilita el control de la población.

Tenemos tan interiorizada la dependencia de lo externo que retomando el ejemplo del niño, Cuando llora porque la mesa le hace pupa, viene la mamá y le pega a la mesa, ¡¡ mala, mala, mala que le has hecho pupa al nene !!. Reforzando así ya desde la cuna, dicha programación.

Entonces ¿cómo identificar al niño que vive en el cuerpo del adulto?.

Te doy algunas pistas:

Si sientes que no vives tu vida, si no que más bien la sobrevives.

Si usas a menudo frases como: “ estoy cansado de luchar “.

Si sueñas constantemente con que algún día, aparezca alguien o algo que te rescate de tu situación, padre, madre, novio, novia, médico, terapeuta, la lotería…

Si estas permanentemente esperando que tu situación cambie, que tu marido, mujer, trabajo,casa, cambien, para así estar mejor.

Si crees que cuando tengas un teléfono mejor, una casa mejor, un coche mejor… serás más feliz.

Déjame decirte:

No hay diferencia entre decir que sufres por culpa del gobierno o porque la mesa te ha hecho pupa.

La diferencia entre un niño y un adulto es, que el adulto se hace responsable de su vida y de lo que le pasa.

El adulto toma determinaciones y decisiones, actúa en consecuencia y si no obtiene el resultado que espera, aprende de ello y lo intenta de otro modo.

El adulto cambia lo que no le funciona y no espera que los demás cambien.

El adulto construye su propia realidad, no espera que otros vengan a sacarle de sus apuros.

El adulto se hace cargo de lo que siente, no culpa a los demás de sus sentimientos.

Cuando vivimos nuestra vida desde el niño herido no la vivimos, la sobrevivimos.

Sanar las heridas de nuestro niño interno se hace necesario para hacernos cargo de nuestra realidad de adultos y poder cambiarla.

Pues mientras este trabajo no esta hecho, vivimos con la sensación constante de no tener recursos, capacidad o fuerzas suficientes para afrontar lo que nos pasa.

Al igual que un niño que estuviera solo en el mundo, caminamos mendigando ayuda y esperando que alguien venga y nos rescate.

Solo una parte de nuestra mente se ha quedado atrapada en la infancia. Pero el enfoque, el punto de vista desde el que observamos nuestra vida se encuentra ahí y desde esa perspectiva no vemos nada más que nuestro miedo y falta de recursos.

Por eso interesa a nivel social mantenerte en la mente infantil, porque desde esa visión es fácil convencerte de cualquier cosa.

Desconfía de los discursos que condenan la auto-suficiencia y auto-responsabilidad, alegando que no tienes los estudios, la inteligencia o la capacidad de discernimiento suficiente, para saber lo que te conviene.

Suelen proceder de niños viviendo en un cuerpo de adulto. Niños que sobreviven aferrados a un título o cargo que creen importante y cuya falsa seguridad procede únicamente, de la fantasía de sentirse protegidos por papa sistema.

En realidad tienes de serie, todo lo que necesitas para ser auto-suficiente y auto-responsable.

Solo que nadie te lo ha dicho hasta ahora.

Tus recursos son ilimitados, el único límite que tienes, es el que tú te pones.

Si a un niño le dices que no abra nunca una puerta de la casa, porque lo que hay dentro da mucho miedo y es muy peligroso para el, no la abrirá jamás.

Y así nos pasamos la vida, viviendo con esa habitación que contiene todos nuestros recursos y sin atrevernos a abrir la puerta.

Entonces para hacerte cargo de tu vida, el primer paso es sanar a tu niño interno, para después posicionar tu mirada en el adulto que eres y desde ahí, abrir la puerta.

Gemma Pitarch.

Amor de pareja

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Más de una vez se ha escuchado decir que el amor es como una droga. Lo cierto es que esta expresión es más correcta de lo que se piensa, debido a que las sensaciones de felicidad y satisfacción que sentimos cuando nos enamoramos son producidos a nivel bioquímico por las endorfinas, junto a otras sustancias como la dopamina y la noradrenalina….

Aunque hay otras formas de conseguir las tan ansiadas “moléculas de la felicidad”.
Tener un proyecto en la vida que nos ilusione, hacer deporte, reírse, relajarse, dormir…
Con el sistema de vida que llevamos, encadenados a un trabajo que no nos gusta, pagando cosas que consumimos “compulsiva-mente” sin necesitarlas, con nuestras mentes continuamente “pre-ocupadas” en mil posibles calamidades que están por venir, aunque nunca vengan.. difícil estado para relajarse, ilusionarse, reír y dormir “placida-mente”.
Si no sabemos auto-generar una realidad con autonomía de endorfinas, habrá que buscarlas fuera.
Y eso sucede cuando nos enamoramos. Aparece alguien y nos provoca un chute químico que nos saca de golpe de nuestra “monótona existencia.”

No es de extrañar que cual yonquis emocionales, deseemos permanecer en ese estado por siempre jamás. El tema es que hemos depositado nuestra ilusión de felicidad en otro, así que empezamos a sufrir por miedo a perderlo.

¿Si ves a alguien poner todo su dinero en el bolsillo de otro, para luego encadenarlo y que no se marche con él te parecería absurdo verdad?.
Sin embargo hacemos esto mismo con nuestra felicidad desde el momento que dependemos de otro para experimentarla, y a nadie le extraña.

Luego cuando la relación se asienta y el coctel químico desaparece, nos encontramos de bruces con nuestros asuntos no resueltos y con los del otro. Empieza el cruce de acusaciones, reproches y miserias de toda índole, porque la cosa no es como pensábamos, y porque el otro no nos mantiene en el estado de felicidad que pensábamos que nos daría….

¿Qué es para mi una relación de pareja?

Una relación de pareja vivida de forma consciente y coherente es una de las mejores oportunidades de auto-conocimiento y dicha que encontrarás en esta existencia. Es un camino directo a tu verdadera esencia y equilibrio, una mirada pura y honesta a tu corazón a través del espejo de los ojos del otro.

Se da cuando dos personas que individualmente han asumido la responsabilidad de su propia existencia a nivel material, emocional y espiritual se encuentran y deciden caminar en la misma dirección.
Se da cuando ambos tienen algún objetivo común además de conservar los individuales.
Se da cuando cada uno tiene claro su papel dentro de la relación y el papel del otro y respetan los rolles los espacios, los tiempos …
Se da cuando hay respeto absoluto, cuando se entrega lo que se tiene de corazón, cuando la sinceridad y los sentimientos se pueden poner sobre la mesa sin miedo.

Una pareja así, camina unida sin competir, observando y aprendiendo el uno del otro, ayudándose cuando hay obstáculos, cuidándose lo mejor que saben, poniendo el corazón y los sentimientos siempre por delante de la mente, siendo absolutamente sinceros aunque duela…

Una pareja así camina entregándolo todo, como si hoy se acabara el mundo. Pero mirando lejos, como si no se acabara nunca.

Y además al principio hay endorfinas ¡bien!. Fiesta. ?

Gemma Pitarch

Programa de nacimiento

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La intención que tuvieron tus padres al concebirte, condiciona tu vida.

Es algo que habrás oído ya alguna vez, pero el ejemplo de este artículo es fantástico para darse cuenta de hasta que punto estamos condicionados.

Es el ejemplo de una muchacha adoptada, (no tiene ninguna información de su familia biológica) y sin embargo cumple milimetricamente en su vida, el deseo que sus padres biológicos tenían para ella.

Detrás de esta increíble historia de superación personal, está “la otra historia” la que nadie ve  y sobre la cual escribo.

Esta niña es abandonada por nacer sin piernas y  desde que es muy pequeña se empeña en ser una deportista de élite.  Más tarde de adulta, se entera que su hermana biológica también es una deportista de élite.

He pensado automáticamente en el  (proyecto sentido gestacional ) y al investigar en la web me encuentro lo siguiente:

Esta es la historia de Dominique Moceanu. La historia de una gimnasta que fue gimnasta porque sus padres quisieron que lo fuera antes de que naciera. Que empezó a entrenarse cuando sólo tenía 3 años, se convirtió en profesional a los 10 y enseguida la abrazaron la fama y las fortunas. A los 14 alcanzó la gloria máxima consagrándose campeona olímpica. Me hice una promesa. Mi primogénito, fuera varón o mujer, sería gimnasta. Era un sueño no cumplido, repitió una y otra vez Dumitru Moceanu, su padre, sin ponerse colorado y orgulloso de su determinación.  Tanto Dumitru como su esposa Camelia fueron dos gimnastas rumanos de alto rendimiento frustrados y querían tener una estrella en la familia. A cualquier precio. Dominique empezó a conocer la viga de equilibrio y las barras asimétricas al mismo tiempo que las pocas muñecas que la esperaban en su dormitorio después de cada entrenamiento. Nunca tuve infancia, dispara Dominique. ¿Es que no existe otra cosa que no sea la gimnasia? …..

fuente:  http://edant.clarin.com/diario/1998/12/27/r-07401d.htm

Nueve años después tienen a la protagonista de este vídeo con la misma intención ….. esta niña nace sin piernas, no les sirve para su propósito y la abandonan.

Pero está niña fue “programada” por sus padres como deportista de élite, (era la intención y el deseo que tenían para ella) así que sigue su programa a pesar de no saber nada de su familia de origen.

Así funciona el inconsciente pensamos que decidimos consciente y libremente, pero actuamos siempre en base a nuestra programación y solo cuando descubrimos y comprendemos esto, es cuando empezamos a ser libres.

Ahora desde esta nueva perspectiva te invito a ver el vídeo y admirar cómo el inconsciente dirige nuestras vidas.

Gemma Pitarch

 

El rol de salvador

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El acto de ayudar a otros está muy bien visto socialmente y nos hace sentir buenas personas, pero poca gente se para a pensar en los motivos reales que se esconden detrás de la necesidad de ayudar o salvar al otro.

Nuevamente este es un artículo que levantará ampollas, ya que voy a poner en tela de juicio que tu vocación altruista sea precisamente eso, altruista y desinteresada.

Cuando decides ayudar a alguien previamente has hecho un juicio, has juzgado que la vida, el comportamiento o la actitud de esa persona son un error.

Después has llegado a la conclusión de que tú sabes lo que es mejor para él, sabes lo que tiene que hacer, tienes la capacidad de enseñarle el camino correcto y de aportarle aquello de lo que carece.

Pocas personas llegan más profundo y toman conciencia de que esa persona a la que pretenden salvar, o esa forma de vivir que juzgan equivocada les refleja su propio sufrimiento interno, su dolor escondido, ese que no quieren mirar y que por lo tanto sólo pueden ver a través del otro.

Es imposible que tú puedas sentir el sufrimiento que siente otra persona, lo que sientes es tu propio sufrimiento proyectado en la otra persona.

De modo que necesitas que salga de esa situación para dejar de sentir lo que sientes.

Somos tan reacios a adentrarnos en nuestro dolor y reconocer nuestro sufrimiento, que nos auto-engañamos pensando que no es nuestro.

Y cuando conseguimos que esa persona salga de su situación nos sentimos aliviados y pensamos que hemos hecho una buena acción, cuando en realidad el alivio que sentimos es porque hemos conseguido dejar de ver nuestro sufrimiento.

Cuando yo aporto mis propias soluciones o formas de ver el problema, cuando doy consejos al otro, estoy diciéndole que haga precisamente lo que yo necesito hacer, estoy proyectando mi historia.

Así que escucha bien los consejos que das, porque son los que necesitas.

Además entro como una locomotora en la vida del otro diciéndole cómo tiene que actuar e incluso actuando por él, privándole así de toda opción de vivir su propia experiencia libremente y aprender de ella, no le permito vivir su propio proceso.

Hay personas que en un arranque de sabiduría de libro, aplican el famoso proverbio chino de:

si le das a un hombre un pez comerá un día, si le enseñas a pescar comerá toda su vida”.

Pero yo voy más lejos con lo que quiero explicarte: ¿en base a qué has decidido que ese hombre necesita, quiere o debe aprender a  pescar?

Estamos todo el tiempo decidiendo lo que es mejor para el otro y pensando que somos buenísimos por ello.

Cuando ayudas a alguien estás reforzando en su mente la creencia de que su situación es mala, equivocada, y que además no puede salir de ella sólo.

Le estas arrebatando su confianza en sí mismo y toda posibilidad de encontrar su propia fuerza interna.

Esa persona no se siente una víctima de sus circunstancias hasta que el mundo, con su mirada de juicio lo coloca en ese lugar.

Al igual que un niño cuando aprende a caminar y se cae juzga su caída en base a la reacción de sus padres, si ríen se levanta, si se asustan llora y pide ser levantado.

Pero tú no podrás verlo de otra modo hasta que no mires hacia dentro, veas tu propio dolor, lo asumas y encuentres en ti esa parte que se sabe unida con todo lo que existe.

Y te des cuenta de que nada ni nadie en este mundo es un error, que tú no eres un error, que la equivocación no existe y que todo lo que nos sucede son experiencias que en algún nivel de consciencia hemos elegido experimentar.

De ese modo vas a poder ver en el otro esa misma consciencia y ese mismo espíritu que todos somos. Desde esa nueva mirada el otro podrá ver su propio poder en tus ojos y su propia responsabilidad en la elección de esa experiencia y en lo que hace con ella.

Sólo a través de una mirada limpia y sin juicio es que estarás haciendo algo por el otro, porque lo habrás hecho previamente por ti y el otro podrá ver en tu mirada su propia grandeza.

La mejor forma de aportar algo es actuando en ti, de modo que el que esté dispuesto a cambiar, pueda ver su propio potencial de cambio reflejado en tu vida.

Y por último el mayor acto de amor que existe es aceptar la posibilidad de que el otro no quiera cambiar su situación y ser capaz de respetarlo sin juicio y sin vivirlo como un fracaso personal.

¿Desde dónde ayudas?

Gemma Pitarch

Pensamiento recurrente

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Los pensamientos no son tuyos, “aparecen y desaparecen de tu mente”.

Lo importante no es el pensamiento que aparece, si no lo que tu piensas sobre el pensamiento.

Si no lo juzgas de nocivo, si no empiezas una lucha para cambiarlo o hacerlo desaparecer, si simplemente lo observas y no te lo crees, entonces ese pensamiento no puede hacerte sufrir.

Un instante de dolor que aparece y desaparece como una ola, pero no sufrimiento.
El sufrimiento proviene de tu lucha contra el pensamiento.
Tu no eres ese pensamiento que no te gusta, eres “el observador de lo pensado”.

Y en última instancia eres el que decide si ese pensamiento te interesa, es real o te conviene hacerle caso.

Gemma Pitarch.

Los «niños normales»

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Ser “normal” no significa estar bien, sano y equilibrado. Significa estar en la “norma” y ¿quién establece las normas?, ¿personas normales?.

Krishnamurti dijo: “No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

A muchos adultos que están más o menos dentro del mundo de la conciencia les encanta esta frase, pero luego veo como se empeñan en que sus hijos sean “normales”.
Se preocupan si no cumplen los objetivos pedagógicos del “sistema de educación” o no siguen el “ritmo normal del desarrollo cognitivo”.

Hoy día cualquier niño que no cumple el estandard es diagnosticado de algo, (el top one es el TDAH) hace 20 o 30 años era el niño tonto, el retrasado.
Un niño que no entiende por qué tiene que memorizar datos y más datos, aprender materias que no va a usar en su vida, que no soporta estar 8 horas sentado en una silla, que cuestiona el: “porque yo lo digo” o el “porque así son las cosas”.

Un niño que es reactivo a aprender con el método de orden y castigo, (que por cierto nos escandaliza mucho que se use con los animales, pero permitimos con nuestros hijos) es un niño PERFECTAMENTE SANO.
Lo que debería preocuparnos es el niño que desde la primera infancia ya está perfectamente adaptado al sistema.

Lo que necesitamos son nuevas generaciones de “inadaptados”, gente libre pensadora, no más borreguitos.


Gemma Pitarch.

El perdón

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La necesidad de perdonar, surge de la necesidad de calmar el sufrimiento que nos genera estar odiando.
Y tu odio surge de esa parte de ti (tu personaje o Ego) que clasifica las cosas de buenas o malas, apropiadas o no, tolerables o no…

La parte de ti que juzga el mundo todo el tiempo y se cree en posesión de la verdad y la razón. Todo eso es mente y el perdón, el verdadero perdón surge del corazón.
Tenemos interiorizado un concepto de perdón en el que: yo reconozco mi error, pido perdón y tú me perdonas.

Pero no es un perdón real, en tu mente solo es una tregua que me das mientras no vuelva a cometer el mismo error.
Si lo repito tu mente abrirá el cajón de las afrentas pasadas y concluirá que ya es demasiado y esta vez, no puedes perdonarme.
Esto sucede porque esa clase de perdón se otorga cual gracia divina, desde una posición de: yo estoy en lo cierto, si tú reconoces tu error, yo te perdono.
A veces hasta podemos otorgarlo sin que lo reconozcan: yo estoy en lo cierto y aunque tú no lo reconoces, como soy una persona de “buena fe” o “como te quiero”, voy a olvidarlo (al menos por esta vez).
Todo ésto es Ego. Es tu personaje que previamente ha juzgado que el comportamiento de la otra persona está mal, es decir estás dando por sentado que tú tienes la razón y el otro no y mientras te creas poseedor de la razón, tu perdón solo será una concesión.
Solo desde el corazón se puede dar el no juicio, la conciencia de que cada persona actúa de la única manera que sabe y puede en cada momento, en base a su situación y programación. La certeza de que cada persona procesa la realidad desde sus filtros y nadie tiene en propiedad la verdad.
Solo desde una mirada limpia y una compresión más profunda que integre aprendizajes y no faltas, se puede entender lo siguiente:
“Cuando no hay juicio tampoco hay necesidad de perdonar”.
Si llevas tiempo haciendo trabajo de perdón, llevas tiempo perdiendo el tiempo.
Mira lo que tanto te molesta o te duele como algo tuyo «porque lo es» y trabájalo en ti.
El proceso de perdonar, dura el tiempo que tardes en dejar de juzgar.

Gemma Pitarch