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El rol de salvador

By 7 julio, 2019 julio 10th, 2019 No hay comentarios

El acto de ayudar a otros está muy bien visto socialmente y nos hace sentir buenas personas, pero poca gente se para a pensar en los motivos reales que se esconden detrás de la necesidad de ayudar o salvar al otro.

Nuevamente este es un artículo que levantará ampollas, ya que voy a poner en tela de juicio que tu vocación altruista sea precisamente eso, altruista y desinteresada.

Cuando decides ayudar a alguien previamente has hecho un juicio, has juzgado que la vida, el comportamiento o la actitud de esa persona son un error.

Después has llegado a la conclusión de que tú sabes lo que es mejor para él, sabes lo que tiene que hacer, tienes la capacidad de enseñarle el camino correcto y de aportarle aquello de lo que carece.

Pocas personas llegan más profundo y toman conciencia de que esa persona a la que pretenden salvar, o esa forma de vivir que juzgan equivocada les refleja su propio sufrimiento interno, su dolor escondido, ese que no quieren mirar y que por lo tanto sólo pueden ver a través del otro.

Es imposible que tú puedas sentir el sufrimiento que siente otra persona, lo que sientes es tu propio sufrimiento proyectado en la otra persona.

De modo que necesitas que salga de esa situación para dejar de sentir lo que sientes.

Somos tan reacios a adentrarnos en nuestro dolor y reconocer nuestro sufrimiento, que nos auto-engañamos pensando que no es nuestro.

Y cuando conseguimos que esa persona salga de su situación nos sentimos aliviados y pensamos que hemos hecho una buena acción, cuando en realidad el alivio que sentimos es porque hemos conseguido dejar de ver nuestro sufrimiento.

Cuando yo aporto mis propias soluciones o formas de ver el problema, cuando doy consejos al otro, estoy diciéndole que haga precisamente lo que yo necesito hacer, estoy proyectando mi historia.

Así que escucha bien los consejos que das, porque son los que necesitas.

Además entro como una locomotora en la vida del otro diciéndole cómo tiene que actuar e incluso actuando por él, privándole así de toda opción de vivir su propia experiencia libremente y aprender de ella, no le permito vivir su propio proceso.

Hay personas que en un arranque de sabiduría de libro, aplican el famoso proverbio chino de:

si le das a un hombre un pez comerá un día, si le enseñas a pescar comerá toda su vida”.

Pero yo voy más lejos con lo que quiero explicarte: ¿en base a qué has decidido que ese hombre necesita, quiere o debe aprender a  pescar?

Estamos todo el tiempo decidiendo lo que es mejor para el otro y pensando que somos buenísimos por ello.

Cuando ayudas a alguien estás reforzando en su mente la creencia de que su situación es mala, equivocada, y que además no puede salir de ella sólo.

Le estas arrebatando su confianza en sí mismo y toda posibilidad de encontrar su propia fuerza interna.

Esa persona no se siente una víctima de sus circunstancias hasta que el mundo, con su mirada de juicio lo coloca en ese lugar.

Al igual que un niño cuando aprende a caminar y se cae juzga su caída en base a la reacción de sus padres, si ríen se levanta, si se asustan llora y pide ser levantado.

Pero tú no podrás verlo de otra modo hasta que no mires hacia dentro, veas tu propio dolor, lo asumas y encuentres en ti esa parte que se sabe unida con todo lo que existe.

Y te des cuenta de que nada ni nadie en este mundo es un error, que tú no eres un error, que la equivocación no existe y que todo lo que nos sucede son experiencias que en algún nivel de consciencia hemos elegido experimentar.

De ese modo vas a poder ver en el otro esa misma consciencia y ese mismo espíritu que todos somos. Desde esa nueva mirada el otro podrá ver su propio poder en tus ojos y su propia responsabilidad en la elección de esa experiencia y en lo que hace con ella.

Sólo a través de una mirada limpia y sin juicio es que estarás haciendo algo por el otro, porque lo habrás hecho previamente por ti y el otro podrá ver en tu mirada su propia grandeza.

La mejor forma de aportar algo es actuando en ti, de modo que el que esté dispuesto a cambiar, pueda ver su propio potencial de cambio reflejado en tu vida.

Y por último el mayor acto de amor que existe es aceptar la posibilidad de que el otro no quiera cambiar su situación y ser capaz de respetarlo sin juicio y sin vivirlo como un fracaso personal.

¿Desde dónde ayudas?

Gemma Pitarch

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