Todo empezó con mi visita rutinaria al médico de cabecera. Cada año suelo hacerme análisis para comprobar que mis niveles de hierro y vitaminas estén correctos puesto que no consumo carne y fue gracias a esos análisis rutinarios que mi médico se dio cuenta de que algo no funcionaba bien.Tras comprobar que mis 4 últimas analíticas anuales mostraban valores alterados de mis anticuerpos, decidió enviarme de urgencia a hematología.
Una vez allí me dijeron que volverían a repetirme varias veces los análisis para comprobar que no fuese algo puntual por alguna infección. Así que me repitieron las pruebas varias veces durante los siguientes meses pero los valores empeoraban cada vez más.
comprobaron mis riñones y mi hígado por si sufrían alguna alteración, algo que podría explicar los valores alterados de mi analítica, que podría entrar dentro de la normalidad y no ser patológico. Pero no, mis órganos estaban en perfecto estado, así que descartaron que esa fuera la causa.
Paralelamente comencé a buscar cual era el sentido de las enfermedades ya que de alguna forma pensaba que lo que me estaba sucediendo tenía que tener algún motivo y empecé a encontrar documentos de bioneuroemoción hablando de la parte inconsciente de nuestra mente y de como al verse desbordada puede generar todo tipo de patologías en el cuerpo, pero no llegaba a dar con el sentido de por qué me estaba sucediendo eso en concreto.
Llegó el momento en el que ya solo quedaba por comprobar si era portadora de alguna enfermedad autoinmune (hepatitis, VIH…) y si estos resultados también salían negativos, en esa misma visita a hematología ya deberían realizarme una punción de médula, para saber si lo que tenía era cáncer de sangre (leucemia), algo que podría ser bastante probable ya que no quedaría nada más por descartar.
Justamente esa misma semana también llevé a mi perro al veterinario para que le vieran unas pupas que le habían salido en la barriga y que le sangraban bastante. Cuando el veterinario vio esas ampollas llenas de sangre me dijo que pintaba mal y que las iban a llevar a analizar. Entonces me llamaron para que volviese y me dieron la noticia. Mi perro tenía un tipo de cáncer de sangre incurable, no había ningún tratamiento, ni operación, ni quimioterapia que pudiera curarle o si quiera frenarlo, el veterinario por todos los otros casos que había tenido anteriormente le daba 1 mes de vida.

Y ahí estaba yo, preguntándome por qué a mí, por qué todo se había vuelto tan loco, mi perro tenía cáncer de sangre y yo muy probablemente también.

Entonces recordé algo que leí en bioneuroemoción y que no se por qué se me grabó en la mente y es que cuando tenemos hijos o mascotas ellos somatizan gran parte de las enfermedades de sus padres o cuidadores. Supe que yo estaba creando todo eso, no sabía como, pero lo estaba fabricando yo. Me sentí tremendamente culpable, sobre todo por mi perro, él era inocente y yo me sentía responsable de lo que le estaba sucediendo también a él.
Fue entonces cuando contacté con Gemma y le expuse todo lo que me estaba sucediendo. Le expliqué lo que me estaba pasando a mí y también que me sentía muy culpable porque mi perro estuviera mal. Ella supo tranquilizarme enormemente así que decidí confiar y fui a su consulta de urgencia porque en 2 días tenían que hacerme las últimas analíticas y si mis anticuerpos seguían mal ya tendrían que hacerme la punción de médula.

Gemma me pidió que llevara hecho mi árbol genealógico ya que esto podría facilitarnos el camino para encontrar esa información que necesitábamos.

Al llegar a la consulta, Gemma me explicó mejor como funcionaba la mente inconsciente, me que los problemas en la sangre tienen que ver con conflictos del linaje familiar, con el no reconocimiento de hijos, con el sentimiento de no pertenencia al clan familiar y con el “no eres de mi sangre”.

Entonces caí. El año en que mis analíticas empezaron a salir alteradas fue el año en que murió mi abuelo por parte de mi padre. Cuando esto sucedió yo ayudé a mi padre a sacar las cosas de mi abuelo de los cajones y mientras lo hacíamos él encontró una foto y me dijo: “mira, esta es la última foto que queda de tu bisabuela”, entonces yo me acerqué a mirarla con todo mi amor y agradecimiento porque iba a poder ver por primera vez la mujer de la que yo, mi padre y mi abuelo descendemos, pero para mi espanto nada más verla mi padre rompió la foto en pedazos. Pude sentir como algo dentro de mi también se rompía conforme la hacía añicos. Me dolió profundamente que hiciera eso, no comprendía que tuviera tanto rencor hacia su propia abuela. Mi padre dijo que esa mujer hizo mucho daño a toda la familia, que era veneno.

Algo se activó en mí al romper su foto y entonces recordé que de niña me contaron que todos en mi familia somos “bastardos” y que no llevamos el apellido que nos corresponde, el motivo según me dijeron fue “porque por culpa de mi bisabuela que se juntó con un hombre que ya estaba casado, así que al tener hijos con él, este no les dio su apellido”.

Toda mi familia seguía culpando a mi bisabuela, ella no se podía defender de esas acusaciones pero yo sentía que era injusto lo que había sucedido con ella, que no tenía la culpa de haberse enamorado de un hombre que ya se había casado anteriormente, de haberse quedado embarazada y mucho menos de no poder darle los apellidos de él a sus propios hijos, no era culpa de ella.

Ahora lo entendía todo, todo encajaba, necesitaba perdonar y liberar todo ese dolor.

En la misma primera consulta Gemma me hizo una técnica de liberación emocional. Aún recuerdo como salí de la consulta, me sentía como si flotase, como si pesara 100 kilos menos.

Pero lo más sorprendente llegó el día de mi cita con la hematóloga al ir que me diera los resultados del análisis. Me senté en la silla, y como de costumbre empezó a revisar mis analíticas junto a un estudiante en prácticas. Me temblaba todo el cuerpo. Entonces tras varios minutos en silencio por fin le dijo al estudiante “¿Ves a esta chica? Mírala bien porque estas viendo un milagro”.

Casi me caigo de la silla. Le pregunté que quería decir con eso y me dijo que mis analíticas esta vez habían salido perfectas, los valores de mis inmunoglobulinas se habían normalizado, que no tenía ninguna enfermedad autoinmune y que ya no era necesario hacerme la punción de médula puesto que me había “curado milagrosamente”.

Aún así no quiso darme el alta, quería continuar observándome durante por lo menos un año más por si lo que tenía volvía a reaparecer, no se fiaba de que se hubiera ido por como por arte de magia.

Al cabo de un par de semanas más volví a ver a Gemma y en esta ocasión usamos la hipnosis para acceder al resto de información que todavía estaba en mi inconsciente para terminar de liberarla.

Por otro lado, mi perro, ya sobrepasaba de mucho de esperanza vida que había le dado el veterinario. Yo tenía la costumbre de revisarle las pupas cada mañana por si le habían salido nuevas o por si alguna le sangraba, pero esa mañana vi que ya no tenían el mismo aspecto, en lugar de aquellas enormes ampollas llenas de sangre solo habían unas pequeñas marcas rosadas en su piel.

Me vestí corriendo y lo llevé al veterinario y él al ver la barriga de mi perro no salía de su asombro, dijo que jamás había visto algo así en ese tipo de cáncer de sangre, me dijo que se habían reabsorbido, que mi perro volvía a estar bien. Qué enorme sensación de alivio y de gratitud sentí.

Han pasado ya 3 años desde que me derivaron a hematología por primera vez y por fin me han ya dado el alta definitiva.

Así que después de todo lo experimentado durante este proceso me he dado cuenta que la enfermedad por sí misma no es buena ni mala, sino que es como una especie de mapa del tesoro que nos va dando pistas de lo que estamos reprimiendo en el inconsciente y que necesita urgentemente ser atendido y liberado.

En mi caso tuve la enorme suerte de contar con la ayuda de Gemma que gracias a sus conocimientos en bioneuroemoción y otras técnicas terapéuticas, supo hacerme llegar rápidamente a esa información y a partir de ahí pudimos trabajarla y liberarla.

N.M

Deja un comentario