Cuando alguien dice «he perdido el rumbo», suele pensar que el problema es no tener un destino claro. Pero, mirado de cerca, casi nunca es eso. Lo que ha ocurrido, en la mayoría de los casos, es que el criterio con el que venía tomando decisiones —lo que antes le decía «esto sí, esto no»— ha dejado de funcionar, y todavía no hay uno nuevo que lo sustituya. No es que falte el destino: falta la brújula.
Ese criterio antiguo puede haber sido «hacer lo que se espera de mí», o «seguir la ambición profesional a toda costa», o «priorizar siempre a los demás». Funcionó durante años, y probablemente sostuvo decisiones importantes. Pero un criterio no es eterno: se agota cuando la vida cambia de fase y sigue aplicándose por costumbre, no porque siga siendo verdadero.
El desconcierto que se siente entonces no es indecisión ni falta de carácter, aunque a menudo se viva con esa culpa. Es, más bien, la consecuencia lógica de intentar decidir con una herramienta que ya no encaja con la situación actual. Y como el vacío incomoda, la tentación habitual es rellenarlo deprisa con la primera opción que aparece —un cambio de trabajo, una mudanza, una relación nueva—, con la esperanza de que el movimiento por sí solo devuelva la orientación.
Mi trabajo, en estos casos, no consiste en darle a esa persona un destino nuevo —eso no me corresponde decidirlo a mí—. Consiste en ayudar a construir, con calma, el criterio que hoy le falta: qué es lo que de verdad le importa a estas alturas de su vida, no a los veinte ni a los treinta. Una vez ese criterio vuelve a estar claro, las decisiones —incluso las difíciles— dejan de dar tanto vértigo. El rumbo no se encuentra; se reconstruye.