Al contrario de lo que suele pensarse, quien vende la empresa que ha levantado durante años no siempre se enfrenta a un vacío inmediato. Muchos llegan a la firma con los planes trazados desde hace tiempo: la casa en el campo, los viajes aplazados, el barco, el proyecto de vivir en otro país. En su mente, el hueco ya está lleno. Y durante el primer año suele ser así —hay energía, ilusión, una agenda que se colma de todo aquello que el trabajo nunca permitió—, con una cierta prisa por recuperar el tiempo de ocio largamente postergado.
Con frecuencia, sin embargo, llega un momento en que esa etapa, por placentera que sea, deja de bastar. Porque hay algo que el descanso no alcanza a cubrir: la necesidad de identidad de quien ha ocupado un lugar relevante. Y ese lugar contenía muchas cosas a la vez. Ser importante. Tomar las decisiones. Recibir respeto y reconocimiento. Fijarse un objetivo, alcanzarlo y sentirse, en ese logro, capaz, fuerte, valioso. Nada de eso viene incluido en una travesía en velero.
En muchos de estos casos —sobre todo en quien no procede de una familia acomodada— conviene mirar de dónde nació esa estructura. El lugar alcanzado se conquistó a base de un esfuerzo y un sacrificio enormes, y un esfuerzo de esa magnitud rara vez se alimenta solo de ambición: a menudo procede de una necesidad profunda de demostrar la propia valía —una herida antigua en la autoestima, administrada durante décadas a base de logro y exigencia—. Mientras hubo empresa, la herida quedó cubierta: el éxito la mantenía fuera de la vista. Pero el barco, los viajes y la naturaleza no la tapan. Y, pasado un tiempo, puede reaparecer transformada en una incomodidad con uno mismo difícil de nombrar.
Desde ahí, las salidas son conocidas: ciertos excesos, decisiones impulsivas, la imposibilidad de disfrutar de una etapa objetivamente merecida, o la urgencia de volver a emprender cualquier cosa con tal de recuperar la sensación perdida.
Conviene decirlo con claridad: ninguno de esos caminos es, en sí mismo, un error. Comprar la casa, viajar o emprender de nuevo pueden ser decisiones excelentes. La diferencia —y es toda la diferencia— reside en el lugar desde el que se toman: si nacen del deseo, o si son una manera elegante de huir de uno mismo y de los fantasmas que el trabajo mantuvo a raya. Atravesar bien este umbral consiste, precisamente, en mirar eso a tiempo, antes de que decida por uno.