A consulta llega, de vez en cuando, alguien que se disculpa antes de empezar a hablar, como si no tuviera derecho a lo que siente: «no me ha pasado nada malo, tengo una vida buena, pero…». Y detrás de ese «pero» aparece casi siempre la misma pregunta no dicha: qué habría sido de la carrera que se dejó a medias, de la pareja con la que no se siguió, del país al que no se llegó a mudar, del hijo que no se tuvo. Nadie lo dice en voz alta, porque nadie lo reconoce como una pérdida legítima.

Suele aparecer disfrazado. A veces como una irritabilidad que no encuentra causa clara. A veces como una comparación constante con la vida de otros, sin que la propia esté mal. A veces como una pregunta que asalta de madrugada: «¿y si hubiera…?». La persona que lo trae casi siempre se siente culpable de sentirlo —tiene, objetivamente, una vida buena— y esa culpa lo entierra más hondo todavía.

Antes de intentar resolver nada, hay un paso previo: reconocer que ese duelo tiene derecho a existir, aunque no haya nada tangible que lo sostenga. No hace falta haber perdido algo concreto para tener permiso de llorarlo. Y ese duelo, bien atravesado, no es un callejón sin salida: suele ser la puerta hacia una pregunta mucho más útil que «¿qué habría pasado?», que es «¿qué de aquello sigue disponible ahora, en otra forma, a esta edad, con esta vida?». No siempre la respuesta es retomar el camino abandonado. A veces es honrarlo, cerrarlo con respeto, y seguir con menos peso.