Corremos hacia delante desde muy pronto, porque así nos enseñaron: hay una edad para terminar los estudios, otra para tener una profesión definida, otra para comprar una casa, formar una pareja, levantar una familia. A veces todo eso llega cuando se supone que debe llegar; a veces no sale como esperábamos, y entonces seguimos corriendo —buscando la pareja, las condiciones para la familia, el siguiente peldaño profesional—, convencidos de que ahí estará la confirmación de que tanto esfuerzo mereció la pena.
Pero hay un punto de inflexión. Llega para muchos hacia los cuarenta, alrededor de los cincuenta, a veces algo más tarde. Es ese momento en que uno se pregunta, casi en voz baja: «¿y esto era todo?». Creíamos que cada objetivo nos traería la felicidad, y es cierto que la sentimos —pero fue efímera—. Pensábamos que el siguiente sí la haría permanente, y tampoco. Cada cima despejaba la vista hacia otra cima, y la sensación de plenitud no llegaba a quedarse.
Hay, además, algo más silencioso que va ocurriendo por el camino. Con frecuencia terminamos identificándonos de tal modo con el papel —el profesional, el de padre o madre— que el ser humano que había detrás queda olvidado. Y un día se hace notar: el trabajo que antes daba satisfacción empieza a generar más ansiedad que sentido; o uno advierte que desapareció tras la figura del padre, de la madre, del cónyuge, y ya no recuerda quién era antes de todo aquello. Cuesta levantarse por la mañana. Nada termina de estimular, ni de arrancar una sonrisa.
Conviene no leer demasiado deprisa esas señales. No siempre anuncian un declive; muchas veces señalan, más bien, que ha llegado el momento de reencontrarse con quien uno era antes de empezar a correr —de buscar dentro lo que durante años se buscó fuera—. De volver, con calma, sobre los sueños y los talentos propios que quedaron sepultados bajo las expectativas sociales y familiares, y preguntarse qué de aquello sigue vivo.
Ese reencuentro, sin embargo, no es gratuito. Reconocer lo que uno ve da vértigo, porque casi siempre implica cambios; y los cambios piden decisiones que asustan. Por eso muchos prefieren tapar la pregunta con más ruido, más actividad, más de lo mismo. Atravesar bien este umbral consiste justamente en lo contrario: sostener la pregunta el tiempo suficiente para que deje de sonar a amenaza y empiece a sonar a posibilidad. Porque, bien habitado, este tercer acto puede ser la etapa más profundamente satisfactoria de todas: el verdadero proyecto de una vida no es ninguno de los que perseguimos a la carrera, sino aprender, por fin, a habitarla plenamente.